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martes, 25 de mayo de 2010

La verdad no es guerra sucia

Olvera: cerca de las golpizas

En 1978, Francisco Olvera era miembro de la Federación de Estudiantes Universitarios de Hidalgo y estaba a punto de convertirse en presidente de la misma. El siguiente es un fragmento de la columna “Plaza Pública” publicada en la revista Cine mundial, por Miguel Ángel Granados Chapa el 11 de junio de 1978.

“El doctor Berganza de la Torre (entonces presidente municipal de Tulancingo) está dedicado a realizar una muy estricta administración municipal. Sin importarle influencias, por ejemplo, mete a la cárcel o desarma a los hijos de papá que escandalizan en La Floresta. El otro día llegó por ahí una partida de estudiantes procedentes de Pachuca, que amparándose en el fuero que les da ser miembros de la Federación Universitaria de Hidalgo, molestaron a los paseantes, escandalizaron y por fin dieron pública satisfacción a los imperativos de sus vejigas. Los policías municipales, instruidos con precisión para actuar en situaciones como ésa por el alcalde Berganza, arrearon a los estudiantes a la cárcel municipal.

Nunca lo hubieran hecho. Un rato más tarde, el señor diputado Marín Huazo telefoneaba al munícipe para pedirle, qué digo pedirle, para exigirle la libertad de sus contlapaches, pues si los escandalizadores se habían convertido en tales, era amparados en la confianza que les da ser cuates del hasta hace muy poco “porro” transmutado en legislador local. El señor Berganza se negó a dar libres a los infractores del orden. Por ello, una hora después, el licenciado Jesús Murillo Karam, secretario general de Gobierno y beneficiario de metamorfosis análoga a la de Marín, reiteró el pedido. A regañadientes, el alcalde cedió, pues el secretario dijo llamar a nombre de su jefe, el gobernador Rojo Lugo. Fue preciso que transcurrieran unos días para que Berganza de la Torre comprobara que don Jorge ni se había enterado de la cuestión.

Pero no quedó ahí el asunto. Acudió al solemnísimo acto en que quedaron liberados sus escandalosos compañeros, una parvada de universitarios ansiosos de castigar a los policías que se atrevieron a detener a los primeros. Tres o cuatro agentes municipales fueron secuestrados y conducidos a Pachuca. Reaparecieron pocos días después en un sanatorio particular de la capital hidalguense, donde les restañaban heridas causadas por el correctivo disciplinario, léase golpiza, que les propinaron los encarnadores de la esperanza del futuro por la osadía cometida al detener a reconocidos representantes del “fosil power”.”

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